La escritora israelí Orna Dornath ha revolucionado el mundo de la maternidad con su libro ‘#madres arrepentidas’ (editorial Reservoir Books). En él saca a la luz algo que, para mí, es la pura verdad: que existen mujeres que, tras ser madres, no nos sentimos ‘realizadas’. No, no tenemos ningún tipo de plenitud ni pensamos que nuestra vida por fin tenga sentido después de traer a un hijo al mundo. Aunque le amemos profundamente, de haber sabido en lo que nos metíamos, no lo habríamos hecho. Así de simple.

A decir verdad, lo de ser madre nunca fue algo que tuviera en mente. De pequeña no jugaba con Barriguitas ni Nenucos. De adolescente, me diagnosticaron una enfermedad que requería de por vida una medicación que provocaba malformaciones fetales y me avisaron de que mis (posibles) embarazos serían de riesgo. De joven, me cambiaba de mesa si el bebé de la familia de al lado se ponía a llorar o pedía sin remordimientos a la madre que, por favor, le hiciera callar.

A los 23 años apareció ‘él’ y a los tres meses nos fuimos a vivir juntos. Pasamos siete años estupendos. Teníamos trabajo. Conocimos San Francisco y Las Vegas y nos recorrimos Francia e Italia en coche. Cuando llegábamos a casa, nos tirábamos en el sofá a contarnos las cosas del día, a leer, a jugar. Salíamos con amigos. Cenábamos en los restaurantes de moda. Íbamos al cine todos los findes y luego hablábamos de la peli durante horas. Íbamos a conciertos. Los sábados y los domingos remoloneábamos en la cama hasta las 10. Nos tumbábamos en un banco o en un césped a charlar hasta las tantas. Nos reíamos sin parar.

Y un día, no sé cómo fue, empezamos a pensar en tener hijos. Él sí que quería, él sería un padrazo. A mí me tuvo que animar. Quizás, en el fondo, me sentía obligada por la sociedad. ‘Tocaba’ hacerlo. Tenía más de 30 años y empezaba el ‘tiempo de descuento’ en el reloj biológico. Y pronto comenzó el autoengaño: todo sería maravilloso. Fantaseábamos con un bebé al que achuchar y con un niño con el que pasear de la mano por el campo. Ja.

Tres años, dos operaciones, dos fecundaciones in vitro y nueve meses después, nació mi hijo. Fue una sensación extraña cuando me lo pusieron sobre el pecho. La pediatra presionándome para que iniciara la lactancia, el primero de los malditos caballos de batalla que tenemos las madres. Luego llega el que opina de que lo abrigas mucho o poco; el que te dice que lo tienes que poner boca arriba o boca abajo; el del chupete sí o chupete no; el de ‘no sabes cómo cogerle, déjame a mí’.

Todos opinando. Y es que otras personas tienen ayuda de esas personas que opinan: sus madres, sus ‘salus’, de amigas. Nosotros llegamos a casa y no había nadie más que nosotros. Esa misma noche, el bebé no dejó de llorar. Siempre había sabido por qué no quería tener hijos, pero aquel día lo refrendé… y se me cayó el mundo encima. Estaba atrapada. Aquello era irreversible. Las semanas siguientes, apareció la depresión posparto. No podía más. Apenas dormía. Cuando el bebé cogía el sueño, nunca más de una hora seguida, era yo la que lloraba. Arrojaba cosas contra la pared. Volví a fumar.

“¿Y si le dejamos en un orfanato?”

La relación con el príncipe azul comenzó a resquebrajarse. Él cuidaba del pequeño en mis crisis de ansiedad y no entendía que yo no pudiera con todo eso. Todos los días eran iguales: biberón, llantos, paseos. Nunca podías hacer nada. Si te sentabas a tomar algo, el bebé lloraba. Tenías que marcharte donde no te miraran mal; ahora me pasaba a mí aquello de lo que tanto me había quejado. Un día llegué a decirle al padre de la criatura que, por favor, le dejásemos en un orfanato. No podía más.

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Cuando alguien venía a vernos, y todo el mundo alababa lo maravilloso que era la maternidad y lo bueno que era mi hijo, no me quedaba otra que poner esa maldita sonrisa forzada. ¿Cómo iba a decirles que estaba destrozada por dentro, que la maternidad no era para mí, que me aburría hacer purés, etiquetar la ropa para la guardería y rellenar todas las mañanas una agenda, que yo echaba de menos mi vida anterior?