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Desde el momento en que te vi sabía que cambiarías mi mundo. Llámame loca si así lo quieres pero en ese instante en que nuestras miradas se cruzaron supe que después de ti nada volvería a ser igual.

Me sentía tan atraída a ti. Tu porte de chico rudo, descomplicado, tan natural y arrogante, yendo por la vida haciendo lo que se le pega la gana, sin dar explicaciones a nadie. Sí, el chico que no importa si se mete en problemas, que sólo le importa disfrutar de la vida como si fuera el último día de su vida. La frialdad de tu mirada que competía con la calidez de tus caricias; había cosas que no tenían explicación alguna. En ocasiones mostrando tu lado tierno y dulce mientras estabas a solas conmigo, y tan duro y distante en presencia de los demás.

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Me encontraba en un vaivén de emociones, sin saber que esperar al segundo siguiente, pero atada a tu presencia como si fueras una necesidad. Y aunque mi mente sabía que no eras el indicado, mi corazón me gritaba que tú eras mi favorito.

Me arriesgué más de lo normal en una relación que no tenía ni pies ni cabeza; me involucré contigo mucho más de lo que lo había hecho con alguien más; te di todo de mí, dejé en tus manos todo lo que era, sabiendo que podías destruirme en cualquier momento. Pero necesitaba correr ese riesgo. Necesitaba la adrenalina de sentirme viva, de amar de una manera inexplicable, y entonces te entregué todo lo que yo era. Y así como lo presentía, me hiciste pedazos. Destruiste esa versión de mí que había vivido tan apagada, tan sin sentido.

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Y después de ti, me quedé tan mal, con un dolor que ensordecía mis días, mi corazón y mi alma. Te habías convertido en mi mundo, en mi único, en mi favorito. Pero con el tiempo entendí que fuiste un aprendizaje en mi vida. Una estación de paso, aunque la más importante. La persona que me enseñó a amar sin medidas, sin miedos, sin reservas, sin prejuicios. Entendí que podía amar a mi favorito, aunque no fuera el indicado.